¡La sangre de Jesús! El pecado muere en su presencia, la muerte cesa de ser muerte: las puertas del cielo se abren. ¡La sangre de Jesús! Marcharemos victoriosos en la conquista, ¡mientras confiemos en su poder!
Nunca podré expresar mejor ese pensamiento que con palabras muy usadas: parecía que el Infierno hubiese sido puesto en Su copa; él la tomó, y, “En un tremendo Acto de Amor, bebió la condenación eterna completamente”.
Durante siglos ha habido predicadores de la Biblia que han estremecido la civilización. Esto incluye predicadores como Martín Lutero, Juan Calvino, Jonathan Edwards y George Whitefield. Dios utilizó a estos hombres para tocar los corazones de incontables individuos con Su palabra y llevarlos a creer y arrepentirse de sus pecados. Sin embargo, al revisar la historia de la iglesia, se destaca un predicador sobre todos ellos.
Charles Spurgeon, el príncipe de los predicadores, el pastor del Tabernáculo Metropolitano, cuyas escrituras actualmente son las más publicadas entre los escritores Cristianos además de la Biblia. Pero más allá de todos sus logros y éxitos, bajo esa dura coraza, más allá de toda su elocuencia y frases adornadas, yacía un hombre común y corriente que había pecado, que tenía defectos y falencias. La clave para Spurgeon, el secreto de la pasión que tenía por el evangelio y el consiguiente poder tras su prédica, no yacía en el hombre en sí mismo, sino en su creencia en la doctrina. Spurgeon sostenía la doctrina de la expiación por Jesucristo como el centro de su vida y ministerio. Lo que permea toda su obra es que una persona es redimida por la sangre de Jesucristo. Dice, en uno de sus sermones, que “La Doctrina de la Redención es una de las doctrinas más importantes de la estructura de la Fe. Un error en este punto inevitablemente conducirá a un error en la estructura completa de nuestra Fe". [1] Nuevamente descubriremos el poder, amor, majestuosidad, ira, gracia y misericordiosa expiación de nuestro Salvador al explorar la creencia de Spurgeon acerca de esta gran doctrina en gran parte de sus sermones y trabajos escritos. Además, al compartir su visión de la expiación, nuestras vidas serán bendecidas con la misma clase de plenitud y poder que guió a Spurgeon. Esto es, que el mismísimo Jesucristo resucitado habitará en nosotros y nos permitirá alcanzar a los habitantes de este mundo con una proclamación de Su Majestad: ¡Él, que murió para liberar a los cautivos!
Comienza Con El Pecado
Al poseer un adecuado conocimiento y admiración por la Gracia de Dios, ciertamente debe tener un acabado conocimiento de la desdicha del pecado. Spurgeon conocía este hecho perfectamente. Él decía “nos daremos cuenta de que la redención de Cristo no fue poca cosa, si es que antes la sopesamos según nuestros propios pecados.[2] Esto tiene lógica. Para entender la magnitud de la salvación, se debe entender la enormidad de lo que hemos sido salvados. Para comprender realmente la necesidad de salvación, debemos examinar: 1) lo ofensivo del pecado 2) el castigo que merece el pecado 3) la imputación del pecado a Cristo.
Primero, debemos meditar con respecto a lo ofensivo del pecado para entender la grandeza del sacrificio de Cristo. Spurgeon dice al respecto que: “Un pecado puede arruinar un alma para siempre; la mente del hombre no es capaz del comprender la maldad infinita que se esconde en las entrañas de un pecado solitario. Hay una gran culpa expresada en una trasgresión en contra de la majestuosidad del Cielo.” [3] Por lo tanto, cuando pecamos, no sólo arruinamos nuestras almas, sino que además escupimos a Dios y vamos directamente en contra de Su voluntad. Tal ofensa a Dios no puede ignorarse.
Segundo, Dios debe castigar este pecado en Su contra. Esto ocurre dado que la ofensa es infinita, por lo tanto el castigo debe serlo también. Entonces, ¿qué tan seriamente castiga Dios el pecado? Spurgeon dice:
“No ha habido una palabra o pensamiento impuro, ni un hecho pecaminoso, para el cual Dios no tuviera un castigo para unos u otros. Él obtendrá satisfacción ya sea de tu parte o de Cristo. Si no tienes expiación a través de Cristo, debes yacer por siempre pagando la deuda que nunca podrás pagar, en miseria eterna; porque tan seguro como que Dios es Dios, Él perdería su deidad antes de sufrir un pecado que quedase sin castigo, o una partícula de rebelión que quedase sin justicia.[4]
Cada “partícula de rebelión” debe castigarse. Dios no sería Dios si no castigase el pecado. Este en un punto crucial en la doctrina de la expiación. Muchos dirán: “¡Dios es amor! ¡Él perdonará a cualquiera!” ¡No es así! El perdón no es posible sin el castigo del pecado. El dilema entonces es que si todos los pecados deben castigarse, ¡ parecería que nadie puede ser salvado!”
Tercero, la respuesta al dilema es el corazón de la expiación, llamada la redención por Cristo. Nuestro pecado, de hecho, el pecado del mundo debe colocarse en Cristo si es que alguien ha de ser perdonado por la ofensa infinita del pecado. Esto creía Spurgeon. Esto es lo que dio a su prédica y ministerio tal poder sobre la vida de muchos. Casi se puede oír su poderosa voz predicando las siguientes palabras en uno de sus sermones: “¡Oh! entonces mis amados, piensen en la redención por Cristo, cuando satisfizo a Dios por todos los pecados de Su pueblo. Dios demanda castigo eterno por el pecado del hombre; y Dios ha preparado un infierno para aquellos que hayan muerto impenitentes. ¡Oh!, mis hermanos, pueden sopesar la grandeza de la expiación que fue la redención de toda esta agonía que Dios habría arrojado sobre nosotros, si Él no la hubiese derramado en Cristo.[5]
La agonía por los pecados que merecían los electos fue puesta en Cristo. Él fue castigado como si hubiese sido culpable del pecado que otros cometieron. ¡Tal gracia es incalculable e indescriptible! Pero esta es sólo parte de la respuesta a la pregunta de, “¿Cómo puedo ser perdonado por pecar?” Para que haya una redención de la culpa, la persona en la que recaiga dicha culpa debe ser un hombre perfecto, de lo contrario el sacrificio sería en vano.
Sin embargo, todos los hombres han pecado! Por lo tanto, el Hijo de Dios debió encarnarse en hombre y morir. “¡Pero dense vuelta y observen esta grandiosa vista! Un Dios encarnado en la cruz; un chivo expiatorio para la culpa de los mortales, un sacrificio cumpliendo la venganza del cielo, y entregando al pecador rebelde.” [6] Spurgeon aquí, muestra esta verdad en la que Jesús fue “un sacrificio para satisfacer la venganza del cielo.” Esto es porque Él era el sacrificio perfecto. ¡Él era el “Dios encarnado” quien soportó la carga del pecado del hombre!
El Precio que Pagó Jesús
Una vez que hemos contemplado el pecado en nuestro propio corazón, y una vez que nos hemos dado cuenta de que Jesús asumió el castigo por nosotros, entonces debemos meditar respecto del precio que tuvo que pagar Jesús en nuestro nombre. Spurgeon enfatiza dos elementos que están involucrados en el precio que pagó Jesús: 1) Su sufrimiento físico 2) la angustia de Su alma.
Primero, la magnitud de Su sufrimiento físico es suficiente para sorprender a cualquier hombre. El pasaje a continuación del sermón de Spurgeon, “Redención Particular” es particularmente preciso y describe la agonía física de Jesús, sólo como Spurgeon pudo hacerlo.
Y ahora lo llevan por las calles , insultándolo y burlándose . Esquelético por las prolongadas ayunas, y abatido por la agonía de Su alma, Él tropieza bajo Su cruz. ¡Hijas de Jerusalén! Él se desmaya en vuestras calles. Lo levantan; colocan Su cruz sobre los hombros de otro, y lo siguen presionando, quizás con lanzas, hasta que finalmente llega al monte de la perdición. Los soldados severos lo toman por la fuerza, y lo arrojan de espaldas a la madera transversal que yace tras él; estiran sus brazos para alcanzar la distancia necesaria; toman los clavos, y en ese momento clavan cuatro martillos en las partes más blandas de Su cuerpo; y ahí yace en Su lugar de ejecución, muriendo en Su cruz. Pero aún no termina. Los severos soldados levantan la cruz. Hay un hoyo preparado para recibirla. La coocan en su sitio: cubren la base con tierra ; y allí queda erguida. [7]
Este es el dolor que aceptó voluntariamente por los que amaba. La crucifixión romana es una de las muertes más dolorosas imaginables; está más allá de la comprensión humana. Todos los hijos de Dios deben contemplar regularmente el precio que Jesús pagó por ellos.
Esto, sin embargo, conduce a un segundo elemento del sacrificio de Cristo, llamado el sufrimiento de Su alma. Está casi en el límite de la capacidad de la comprensión humana el entender la presión física que sufrió Su cuerpo. Sin embargo, está infinitamente fuera de la comprensión de la frágil mente del hombre, el tormento del alma de Jesús en los momentos finales de Su vida. Spurgeon nos da una mirada de esta agonía:
Nunca podré explicar mejor ese pensamiento más que utilizando estas palabras tan repetidas: parecía como si el infierno hubiese sido colocado en Su copa: la hubiese tomado, y, “en un tremendo acto de amor, bebió hasta la última gota de la condenación.” Para que no quedase nada de los tormentos y miserias del infierno que Su pueblo pudiese padecer. No digo que Él hubiese sufrido lo mismo, pero padeció un equivalente de aquello, y satisfizo a Dios por todos los pecados de Su pueblo, y consecuentemente le entregó un equivalente de todo su castigo. ¿Pueden soñar o adivinar la gran redención de nuestro Señor Jesucristo?[8]
Por toda la eternidad los Cristianos exploraremos la profundidad del misterio de la cruz. Los hijos de Dios nunca cesarán de asombrarse por la “gran redención de nuestro Señor Jesucristo.” Spurgeon presenta además un punto doctrinal crucial. Él menciona que Cristo no “sufrió lo mismo” que las almas en el infierno. Esto es, que él no fue al infierno para sufrir el tormento de aquel fuego eterno. En cambio, al asumir el castigo por los pecados de Su pueblo, Jesús “padeció un equivalente de todo esto, y satisfizo a Dios por todos los pecados de todo Su pueblo”. Este es el precio que pagó Jesús. Él contuvo la ira que caería sobre nosotros. Está más allá de la capacidad de la humanidad comprender lo horrible y majestuoso que fue este acto para Cristo y lo maravilloso que fue para nosotros.
El poder de la expiación de Cristo
“Al pie de la cruz vemos manos, pies y el costado de los cuales brota preciosa sangre color carmesí”.[9] Las riquezas de la gracia que pueden encontrarse en la cruz y Jesús crucificado en ella aplacando la divina ira de Dios, es infinitamente grandiosa. Sin embargo, uno aún puede preguntarse, “¿Qué hizo la muerte de Jesús por mí realmente?” Spurgeon dice que fue 'preciosa'. ¿Qué la hace preciosa para mí hoy?. Spurgeon describe en su libro devocional 'Morning and Evening" cinco formas en las que la sangre de Cristo es preciosa.
Por su Eficacia Redentora y Expiatoria [10]
Por ella los pecados del pueblo de Cristo son expiados, son redimidos bajo la ley: son reconciliados con Dios, hechos uno con Él.
Spurgeon dice las palabras que están en el corazón del evangelio, “¡reconciliados ante Dios!” Nosotros, que alguna vez fuimos enemigos, somos ahora los hijos de Dios. Los que odiaron a Dios con cada partícula de su ser ahora son perdonados por la sangre de Cristo.
Por Su Poder Depurador
‘Aunque sus pecados sean color escarlata, serán blancos como la nieve.’ A través de la sangre de Jesús no queda ninguna mancha en ningún creyente, ni arruga o semejante cosa. Oh sangre preciosa, que nos limpia, removiendo las manchas de abundante maldad, permitiéndonos permanecer aceptados en el amado, a pesar de las distintas formas en las que nos hemos rebelado en contra de Dios.
A menudo podemos inadvertidamente encontrarnos creyendo la mentira de que la muerte de Jesús pagó por nuestros pecados pasados pero no por los actuales. Podemos desalentarnos y apesadumbrarnos por la aparente persistente culpa por nuestros pecados. Pero el poder de la sangre de Jesús no está limitado sólo a nuestros pecados pasados. Nos limpia de cualquier mancha. Hay gran regocijo en las palabras “¡...no quedan manchas en ningún creyente!”
Por Su Poder Conservador
Estamos a salvos del ángel destructor bajo la sangre derramada. Recuerda que la verdadera razón por la que somos perdonados es porque Dios vio la a sangre derramada. Aquí yace el regocijo para nosotros cuando el ojo de nuestra fe se debilite, puesto que la de Dios es siempre la misma.
Esta verdad se yergue como un faro guiando a los fatigados navegantes de atribuladas aguas hacia el puerto de la fe en Dios. Aún cuando nuestra fe es habitualmente débil, el sacrificio entregado por Cristo en la cruz nunca perderá su fuerza. Dios verá Su sacrificio y nos sostendrá. Él nunca nos dejará caer. “Aquí yace el regocijo para nosotros cuando el ojo de nuestra fe se debilita, puesto que la de Dios es siempre la misma.” Aunque cambiemos, aunque nos cuestionamos; Dios siempre nos será fiel como resultado del sacrificio de Jesús.
Por Su Influencia Santificadora
La misma sangre que se justifica al haber limpiado el pecado, implica además, el revivir de la nueva naturaleza y conduce a vencimiento del pecado y a seguir los mandamientos de Dios. No hay motivo tan grande para la santidad como el que emana de las venas de Jesús.
Ustedes que sienten la carga del peso del pecado, tengan esperanza en esto, la sangre de Jesús puede reconfortar sus almas “y guiarlos a vencer el pecado...”. No debemos temer a nuestra carne pecadora como si pudiera alejarnos de Cristo. Aún cuando nuestra fuerza sea claramente muy débil como para conquistar al antiguo hombre, Jesucristo lo conquistó por nosotros, clavándolo en la cruz. Podemos caminar con alegría, confiando que Dios nos brindará ayuda para conquistar nuestros pecados.
Por Su Poder Abrumador
Y es esta sangre ‘preciosa’, indescriptiblemente preciosa, la que posee un poder salvador. Está escrito, ‘ellos fueron salvados a través de la sangre del Cordero.’ ¿Cómo podrían haberlo hecho de otro modo? Aquel que lucha con la preciosa sangre de Cristo lucha con un arma que no puede ser derrotada. ¡La sangre de Jesús! El pecado muere en su presencia, la muerte deja de ser muerte: las puertas del cielo se abren. ¡La sangre de Jesús! Debemos marchar victoriosos para conquistar, ¡mientras confiemos en su poder!
Charles Haddon Spurgeon amó la idea de que Jesús muriera por él. Su vida y ministerio fueron inundados por el poder al que se refiere anteriormente. Nótese que él menciona el secreto de saber del poder de la expiación en nuestras vidas. Él dice “¡Mientras creamos en Su poder!” Esta es la llave para ello. Esta es la lección más importante que debemos aprender de Spurgeon. Para asegurarse, él tenía una doctrina sensata. Era el pastor de una iglesia floreciente, y predicó a decenas de miles de personas. Tenía una mente prodigiosa que podía generar argumentos y formular frases que conmovían a sus feligreses. Pero todo habría sido en vano si es que no hubiese confiado en el poder de la sangre de Jesús. Nosotros, los cristianos, podemos seguir su ejemplo. Nuestras vidas y ministerios sólo compartirán el mismo tipo de poder que tenía Spurgeon si creemos en el increíble poder de la expiación de Nuestro Señor Jesucristo.
¡La sangre de Jesús! Marcharémos victoriosos en la conquista, ¡mientras confiemos en su poder!
[1] Spurgeon, “Redención Particular”
[2] Spurgeon, “Redención Particular”
[3] Spurgeon, “Redención Particular”
[4] Spurgeon, “Redención Particular”
[5] Spurgeon, “Redención Particular”
[6] Spurgeon, “Cristo Crucificada,” Sermones de Spurgeon Vol. 1
[7] Spurgeon, “Redención Particular”
[8] Spurgeon, “Redención Particular”
[9] Spurgeon, Mañana y Tarde
[10] Spurgeon, Mañana y Tarde
Este artículo fue escrito por Michel Wine y está sujero a copyright. Este artículo puede citarse en parte o totalmente sin autorización
1. Spurgeon, Charles H. Mañana y Tarde. Edición Clásica KJV. Editorial Hendrickson. Diciembre1995.
2. Spurgeon, Charles H. Sermones de Spurgeon Vol. 1. Librería Cristiana Clásica Etérea. 1855
3. Spurgeon, Charles H. “Redención Particular” Music Hall, Jardines Reales de Surrey. 1858. http://www.spurgeon.org/sermons/0181.htm
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